Laura Restrepo: la vida después de ‘Delirio’

Publicado en por Daniel Ramirez

Para Laura Restrepo Demasiados héroes, su nuevo libro, supuso volver a encontrar el silencio después de su mentadísima novela Delirio, que la puso en la primera línea en las filas de las letras latinoamericanas.

Finalmente, después de ir de un país al otro, de dar cientos de entrevistas, de pelear con seis versiones –no todas completas–, Restrepo logró lo que quería: la historia de Lorenza, una madre otrora revolucionaria y Mateo, su hijo adolescente, que camina al apurado paso del siglo XXI.

La escritora logró sacudirse el barullo que trajo el haber sido la primera colombiana en quedarse con el codiciado Premio Alfaguara, y seguir los pasos de sus personajes en Argentina, en busca de lo mismo pero con expectativas muy diferentes. Él busca a Ramón, el padre que nunca tuvo pero que existe como un fantasma en su vida. Ella busca al hombre con el que peleó hombro a hombro contra la dictadura. Mateo y Lorenza meten en el mismo cuarto de hotel dos mundos que no logran reconciliarse.

“¿Prefieres mesa o sala?”, dice Laura Restrepo, el día que voy a su apartamento para hablar de la intensa labor de carpintería a la que se sometió para finalmente parir Demasiados héroes. Es simplemente, una mujer encantadora. “Sala”, respondo.

¿Cómo se encuentra con Lorenza?

Le presto muchas de las cosas que viví y a partir de ahí la voy construyendo como personaje. Es una relación difícil, porque no sólo está ella sino también Mateo. En las primeras versiones de la novela –unas seis, y no todas llegaron al final– ella era muy aparatosa. Hacía demasiadas cosas...

¿Quién apareció primero, ella o Mateo?

Las primeras versiones, las narraba solamente Lorenza, pero la historia salía plana. De ahí surgió la necesidad de ponerle la contravoz del muchacho que no traga entero nada de lo que ella dice.

Entonces necesitaba de otra generación para que estuviera rompiendo su lenguaje. En un momento hubo una Lorenza que planteaba la historia en términos distintos a cómo los había vivido. Esa era floja, era mejor un personaje que se mantuviera fiel a sus entusiasmos.

Ahí apareció Mateo y mi tarea fue callar a sombrerazos a Lorenza, para que no contara tanta vaina. Es una mujer llena de cosas, de hechos, de acciones. Si quería hacer un equilibrio con su interlocutor –el niño–, quien ha vivido poco, había que buscar que ella pasara a segundo plano.

Fueron muchos intentos para sacar adelante la historia. ¿No se desgastó la idea?

Me dio una lata. Había momentos en los que pensaba que todo se había ido al demonio. Pensé que no iba a salir, incluso hablando con mi agente, me decía “¿tu sigues dándole a lo mismo?”. Hubo momentos de desesperación.

¿Qué la llevó a persistir?

La vieja obsesión. Es una de esas historias que sientes que tienes que contar, porque tienes la deuda contigo misma de ponerle palabras a esa idea. Esa insistencia que surge cuando te saca la piedra, esa de “no se deja, maldita sea”. Tuve que atornillarla mucho para que saliera.

 

Hay un padre, que aparece muy poco, pero que finalmente es un personaje fundamental en la historia. Hablemos de Ramón

Parte de lo que hacía fracasar las primeras versiones es que aparecía el padre, y todo se hundía.

Lo que le imprimiría fuerza al relato sería que él fuera una ausencia, un anhelo inventado por Lorenza y por Mateo. Cada vez que se corporizaba, se acababa la novela. La fórmula para conservar la tensión narrativa era manteniéndolo como un fantasma.

 

¿Alguna escena especialmente difícil de lograr en la historia?

Me costó entender que el papá debía ser una ausencia. En las primeras versiones escribía e intentaba pulir las escenas en las que aparecía Ramón. Error de errores, debía sacarlo. Otra cosa que me costó mucho trabajo fue hacer correr paralela la historia de Lorenza –en la que ha pasado mucho–, con la de Mateo –en la que no ha pasado casi nada–, yo quería que estuvieran muy juntas y lograr finalizarlas al tiempo. Eso fue como coser dos telas, una mucho más larga que la otra.

De madres e hijos

Usted es madre, por eso la voz de Lorenza puede resultarle familiar, pero ¿cómo hacer hablar a Mateo en la novela?

No lo hubiera logrado si no tuviera un hijo que hubiera peleado hasta nomás y me hubiera sacado canas verdes. Ya creció y llegamos a acuerdos, pero hubo un tiempo en el que todo era cuestionar.

Esa voz permanente, años y años de discusiones, fueron una gran enseñanza. Además tuve en mi hijo, Pedro, un supervisor muy estricto. Cuando en la novela se le ‘baja el volumen’, me decía, “cuidado, se está borrando Mateo. No lo pongas dócil”. Me ayudó mucho.

Esta es la historia de una madre y un hijo. ¿Cómo es la historia de una madre y un hijo que son escritores, como en su caso?

Ha sido muy encantador el proceso. Nunca se me hubiera ocurrido decirle a mi hijo que estudiara literatura. Siempre le inculqué el amor por los libros, fue una forma de enseñarle las herramientas del oficio, como se hacía en el medioevo. Durante mucho tiempo Pedro me dijo que iba a estudiar medicina, el día que se fue a matricular llegó con la noticia de que se había inscrito en literatura. A partir de eso ha habido un proceso muy entretenido. He querido trasmitirle muchas cosas. Él se ha vuelto un crítico implacable de mis novelas. No publicaría un libro al que Pedro no le diera su aprobación. Ahora se abre un nuevo proceso ante la publicación de Ética patética, su primera novela. Ahora yo empecé a leer lo que él escribe. Es una de las cosas ricas que me ha regalado la vida.

 

El después

‘Delirio’ hizo mucho ruido ¿qué tal la experiencia de desprenderse de esa obra para volver a arrancar?

Me gustaría decirte que fue fácil. Hace unos años decía que mis libros anteriores no me perturbaban. Sí. Delirio implicó subirle el volumen a la figuración y eso es algo que te estremece, pero después vuelve a quedar en el olvido y encuentras el silencio que se necesita para escribir una novela.

Se va mucho tiempo con una obra como Delirio. Me tomó dos años de gira, escribiendo, pero de pronto las cosas no salen bien, porque no tienes la concentración. Empiezas una cosa en París y luego intentas terminarla en Nueva York. Se vuelve muy disperso. Demasiados héroes se vio partida por todo el ventarrón de Delirio. Roland Barthes dice que le dedica el 20 por ciento de su tiempo a su nuevo libro y el 80 restante se lo tragan los viejos libros. Delirio tragó mucho tiempo.

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