Caicedo, Fuguet y la historia de una caída
Mi cuerpo es una celda presenta a un Andrés Caicedo que bien hubiera podido nacer en Bogotá, Buenos Aires o Lima. El libro que ‘dirigió y montó’ el escritor chileno Alberto Fuguet, presenta al autor de Angelitos empantanados, que se suicidó a los 25 años -y que hoy es un verdadero mito-, como un joven que debe ser visto como algo más que un rebelde caleño y que tiene mucho en común con los muchachos que caminan las grandes ciudades en el siglo XXI.
Fuguet estableció con Caicedo una relación de cinéfilo a cinéfilo. A través de kilos y kilos de cartas, columnas de cine, cuentos y novelas, lo conoció y lo entendió.
El chileno -quien apenas escribió unas cuantas líneas de la obra- organizó los textos del muchacho que se tomó 60 pastillas en 1977 porque estaba convencido de que vivir más tiempo era un completo despropósito, ese que es seguido con profundo respeto por los lectores más jóvenes y por aquellos que ya dejaron de serlo.
El libro, que en los próximos meses se publicará en varios idiomas, fue recibido con igual entusiasmo en Chile, Argentina y Colombia. El secreto: presenta ‘desnudo’ frente al lector al pelado que se escapaba de la vida en el cine, que escribía a un ritmo apabullante, que actuaba y dibujaba. Es la caja negra de un avión estrellado.
Hablamos con Fuguet de Caicedo y de la carpintería del libro.
En el libro se ve a un Caicedo mucho más universal de lo que se cree...
Es una idea grave, que ha dañado a Caicedo por mucho tiempo, esa de creerlo localcito apenas y que muchos colombianos lo vean como ‘el hermanito de Cali’. Me parece que eso es casi condescendiente, de un grado de provincianismo aterrador, partiendo de la familia hasta terminar en la prensa y las editoriales.
Por qué García Márquez es internacional si es evidentemente mucho más provinciano, poco globalizado e incluso mentalmente bastante básico. En torno a Caicedo, quizás porque se suicidó y no se pudo defender, se armó una gran confusión y empezó a decirse que era un niño entre los caleños, apenas alguien para adolescentes. Con este libro quería demostrar con pruebas que es universal, que trasciende las edades. Hay muchos mitos en torno a él que busco que sean reiterados y muchos otros definitivamente deben desaparecer. Lo muestro joven -como muchísimos- lleno de dudas, atemorizado, auto mutilante. Un chico realmente en problemas que está a punto de caer. Esta es la historia de una caída.
¿Cómo se encontraron Fuguet y Caicedo?
En Lima, por casualidad. Después de una Feria del Libro, yo tenía que hacer tiempo para esperar mi avión, y fui a una librería cercana al hotel y encontré Ojo al cine. Quedé intrigado. No entendía cómo un libro tan grande de cine había sido hecho por ese autor. Me llamó la atención la pinta.
Se podría discutir si era guapo o feo, pero que tenía look, tenía look. Después vi en la biografía que se murió y quedé absolutamente intrigado. Fue en el 2000.
Me llamó la atención que hubiera habido alguien así en Cali. Empecé a averiguar y el personaje me fascinó y lo que terminó de impulsarme fue otro libro, El cuento de mi vida, que me pareció que era un ‘sencillo jamás tocado’ en el que él se mostraba como era.
Hablemos del proceso de seguirle los pasos a Andrés
Cuando tomé la decisión de meterme en este proyecto vi todo lo que me gustaba y lo que no de los textos de Andrés, e hice algunas críticas. Me gustó mucho el libro Cartas cinéfilas, pero no me pareció cómo estaba editado y se lo dije a su autor Luis Ospina.
Lo que me propuse fue, primero, ‘cortarle’ el pelo y demostrar que fue mucho más que un rockero, que un tipo que sale en fotos tocándose el ‘paquete’, más que un caleño o un colombiano. Mi cuerpo es una celda fue hecho, primero, para exportarlo, para presentarle al mundo a Andrés Caicedo contando su propia historia, y segundo, para que fuera un libro literario, que pudiera gustarle a aquellos que lo han seguido y, al mismo tiempo, ser una presentación para los neófitos.
Me di cuenta de que había reunido muchas cartas, pero un libro epistolar era imbancable. Para mi gusto sería agotador. Lo que quise hacer con las cartas fue editarlas. Me sentí con la autorización de mover cosas. Cuando trascribas esta entrevista vas a sacar líneas en las que doy vueltas y me repito. Eso hice yo. No me interesaba captar cada minuto de su vida, sino la parte emocional. El no tenía diario de vida -algo normal en muchos suicidas- y lo que hice fue inventarlo. Busqué las partes importantes de las cartas, que a veces resultaban repetitivas porque escribía varias en un día. Ese fue el sistema y quedé muy contento.
Muchos de los amigos de Caicedo, han tenido que vivir a la sombra del mito. usted habló con algunos de ellos, ¿cómo los sintió?
Encontré reacciones de todo tipo. Lo ven con cariño a la luz de los recuerdos positivos, pero también como una carga. Por eso muchos de ellos, sobretodo Sandro Romero Rey, Luis Ospina y Patricia Restrepo, me dieron material, un poco, para poder liberarse. Los amigos son importantes en la medida que te dejen vivir a ti también. Hay amigos que te absorben y tu de repente tienes que alejarlos porque o eres tu o son ellos. Luis me dijo que no sabía qué hacer con todo ese material porque él ya no quería seguir siendo su albacea. Tenía que exorcizarse y sacar ese material de su casa.
Siento que ellos se dieron cuenta de que estaban llevando una vida casi vicaria, y que eran más conocidos por sus lazos con Caicedo, que por ellos mismos. Creo que para que este libro ocurriera era preciso alguien de afuera. Alguien que no conociera a nadie, que no tuviera un lazo afectivo, que no se haya emborrachado o acostado con Andrés.